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“¡Champagne! en la victoria lo mereces, en la derrota lo necesitas”

Napoleón Bonaparte

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HISTORIA DEL CHAMPAGNE
un breve recorrido por el rey de los vinos
HISTORIA DEL
CHAMPAGNE
un breve recorrido por el rey de los vinos
El Champagne MANERO ofrecido por el Bartender como parte de un cocktail dentro del Club MANERO.

La historia del Champagne está llena de anécdotas y leyendas. Su origen y los sucesos en los que se ha visto envuelto, han contribuido a que este vino transparente y chisporroteante se haya ganado el título de glamuroso cuanto menos. Por ello, no hay evento, fiesta o celebración que se precie, en el que las burbujas de esta bebida no estén presentes.

El Vino Rey, conforme algunos lo llaman, no hace tanto tiempo que fue coronado. Desde su descubrimiento “por casualidad” ocupa solo un pequeño tramo en la línea temporal, comparado con los primeros vinos surgidos durante la edad de bronce en las fértiles tierras situadas entre los ríos Tigris y Éufrates. Aun así, el dorado líquido ha sabido ganarse el favor de miles de adeptos por todo el mundo. Hoy en día, este espumoso exclusivamente francés, ocupa un incuestionable lugar privilegiado en el olimpo de los vinos. Y no podemos negar que la invención del vino efervescente, ha marcado una de las grandes diferencias en las costumbres de beber que separan los tiempos modernos de toda la historia anterior del vino. ¡Bienvenidos hedonistas! Comienza el consumo por placer.

El Champagne, como actualmente conocemos al más popular de los espumosos, se originó y tomó su nombre de la región del noreste francés en la que se produce: Champagne-Ardenne. Allí es donde se cultivan las variedades de uva Chardonnay, Pinot Noir y Meunier. Y son solo los enólogos de la champaña los que pueden hacer constar legalmente la etiqueta con el término “Méthode Champenoise”. Por esto mismo, no puedes llamar “Champagne” a cualquier espumoso; así nombres como: Cava, Cremant, Sekt, Franciacorta, Asti, Prosecco… distinguen las diferentes variedades que surgieron en el resto de países.

Recordad este nombre “La Abadía de Hautvillers”, ya que entre sus muros fue donde uno de sus monjes, un tal Dom Pierre Perignon, fue el responsable del revolucionar el mundo del vino. Y seguro que el nombre del bodeguero más famoso del mundo nos resulta muy familiar, por ser el mismo con el que la casa Moët & Chandon rindió homenaje al padre espiritual del Champagne creando este “vintage” en 1921 y que vio la luz en 1936. Lo que muchos no saben es que Perignon no pretendía, en su inicio, que las populares burbujas formasen parte de su vino; más bien, justo al contrario. Para él eran un absoluto incordio que constantemente y por sus efectos, arruinaban sus verdaderos planes. Lo que él realmente perseguía era innovar creando un vino blanco a partir de uvas tintas. Y para ello, seguía técnicas como retirar el uso de las pieles de las uvas (responsables de opacar el líquido) y mezclar diferentes vinos. Todo en busca, de un mejor sabor.


“¡Amigo, estoy bebiendo las estrellas!”
Dom Pierre Pérignon

El “problema”, tal y como se consideraba en aquellos momentos, era que en muchas ocasiones surgían burbujas que elevaban considerablemente la presión del interior de las botellas, lo que producía a su vez que explosionasen en cadena, arruinando así toda la producción. Para ese momento Dom Perignon no sabía explicar el porqué de aquella segunda fermentación, pero ahora ya sabemos que la climatología dominante en la región de Champagne, muy fría y húmeda, hacía que se postergase el proceso de la vendimia con el fin de aumentar el tiempo de maduración de la uva en la vid. Así que, con la llegada de la primavera y el consiguiente aumento de temperaturas, surgía esta segunda fermentación (ahora In Vitro), que producía el dióxido de carbono. El tema llegó a ser tan preocupante que el mismísimo rey de Francia llegó a prohibir el traslado de las botellas por los caminos, por lo que la única forma de suministrar el vino a la corte era con barriles, lo cual hacía perder parte de las preciadas burbujas. Pero la solución llegó dejando de usar cristal fino sustituyéndolo por un vidrio más grueso y añadiendo una nueva innovación a la que estamos hoy totalmente acostumbrados: el tapón de corcho. Y es que, hasta ese momento, las botellas se tapaban con un taco de madera cubierto de esparto aceitado. Un sistema poco idóneo por no cerrar herméticamente, además de alterar el sabor del vino. Así que puede que una de las mejores aportaciones de Dom Perignon, en realidad fuese la de aplicar el sistema con el que vio tapar sus cantimploras a unos monjes de Sant Feliu de Guixols (España). Desde ese momento, utilizó tapones con la corteza del alcornoque, los cuales una vez hervidos y aún calientes introducía en el cuello de la botella y sujetaba con alambres hasta que al enfriarse… recuperaban su tamaño original y cerraban herméticamente la botella. Toda esta historia es la responsable de que podamos disfrutar del característico sonido del descorche al liberar la presión acumulada. Por cierto, que llega a ser de unas 6 atmosferas (el triple de un neumático).

Después de varios siglos desde la primavera de 1670 en la que aquel monje prácticamente ciego exclamó junto a su compañero Dom Thierry Ruinart: “¡Amigo, estoy bebiendo las estrellas!”, el champagne sigue despertado las mimas pasiones. Sería difícil no imaginar una celebración de importancia sin él. Quizás el hecho de ser una de las bebidas alcohólicas que menos calorías tiene, ayudó a que fuese popular entre actores, actrices y modelos, vinculándolo aún más al glamour. Se sabe que hasta la mismísima Marilyn Monroe, llenó una bañera para sumergirse en champagne, quizás con el ánimo de emular a la bella Cleopatra y sus baños en leche de burra.

Anteriormente, los zares rusos estaban completamente rendidos al líquido burbujeante francés. Su amor por lo europeo les hizo que el champagne, estuviese en sus mesas continuamente. En concreto el paranoico Alejandro II (famoso por su esnobismo y amor por el lujo), comunicó a el sumiller de la corte que no era de su agrado que el magnífico elixir dorado, cuando era servido en las mesas con servilletas blancas, no se distinguiese de cualquier otra bebida. Por lo que hizo encargar a un maestro cristalero flamenco el diseño de una nueva botella transparente que dejase ver el interior. Pese a lo poco adecuado del encargo (el líquido expuesto a los rayos ultravioletas) el diseño se realizó, pero parece que el verdadero motivo que se escondía tras aquellas peticiones era su temor a ser asesinado en un atentado. Por lo que además se sumó a las exigencias del diseño, que tuviese un fondo plano que facilitase distinguir cualquier rastro de veneno o posible artefacto explosivo, lo que llevó a un diseño de un sobredimensionado espesor en la base que no hiciese perder las propiedades de resistencia contra la presión interna. Finalmente el esfuerzo por satisfacer dichos caprichos del Zar a cargo de la Casa Louis Roederer fue recompensado, ya que en el año 1908, Nicolas II (nieto de Alejandro II) otorgó a la maison el título de “Proveedor Oficial de la Corte de Su Majestad el Emperador”. Desde ese momento, las botellas de Louis Roederer, en especial la llamada “Cristal” son símbolo de sutileza y elegancia. Seguro que los cinéfilos recuerdan la frase que el mismísimo Tarantino pronunció en la película Four Rooms cuando con una copa de cristal en la mano dijo: “Todo lo demás es pis”.


“Llega un momento en la vida de toda mujer en el que lo único que puede salvarla es una copa de champagne”.
Bette Davis

Y ¿cuál es la mejor copa para servir el champagne? Los especialistas recomiendan la copa de tulipa, que es una versión mejorada de la conocida copa de flauta, ya que deja oler mucho mejor el aroma. Pero actualmente también goza de buena aceptación la copa de vino blanco, que por estar más abierta en su base, potencia los aromas; aunque deje escapar más el carbónico que la copa de tulipa o la tipo flauta. Pero los nostálgicos siguen valorando por encima de todas la Copa Pompadour. Que según cuenta la leyenda fue la primera copa diseñada a finales del siglo XVIII, con el exclusivo propósito de beber champage. Elaborada en su inicio con porcelana, se dice que fue un encargo de María Antonieta, esposa de Luis XVI. También se tiene la idea de que el diseño se basó en el seno izquierdo de la dama. La cultura popular sin embargo atribuyo que el pecho utilizado como modelo fue el de la maîtresse (amante) del Rey, la señorita Madame de Pompadour. Sin embargo, parece que al final la realidad menos romántica del asunto fue que el Duque de Buckingham la encargó a un artesano veneciano.

Sea como sea, el Champagne es siempre un acierto. Más que una bebida, se ha convertido en toda una cultura, una forma de vivir. Y no solo una moda pasajera, el champagne lleva siglos en la cúspide y pretende mantenerse allí de forma permanente. Por ello, ya sea en una copa Pompadour o en un refrescanta cóctail, disfrutemos de la vida dando tragos chispeantes con esta bebida de zares, reyes y cortesanos; actrices, modelos y gourmets. Que corran ríos de champagne en todos los momentos importantes de nuestra vida. Y dejamos claro que estamos de acuerdo con Scott Fitzgerald cuando afirmó: “Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiado champagne es bueno”.


“Cualquier cosa en exceso es mala, pero demasiado champagne es bueno”.
Scott Fitzgerald

Alex Jaruffe (Dj componente de Loves Music) nos habla de su pasión por el Champagne y como lo vincula a su faceta musical.

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